miércoles, 16 de abril de 2014

Zona de Bruma

El miedo de internarme por primera vez en las entrañas de aquél monstruo amarillo, lleno de desconocidos…buscando con la vista tímida y nerviosa a mi hermano guardián, demasiado entretenido en su rol de cabeza de pandilla para oler mi temor y mis ganas de llorar.
El odiado olor a comida sudada de mi lonchera. El pegajoso termo de jugo que siempre chorrea.
La textura de los bordes de los cuadernos con sus filosas puntas de papel contact.
Esa mítica gruta y la tenebrosa capilla.
Una mochila Jean Sport raspada en la base de tantos aterrizajes forzosos.
Aquellos rarísimos nombres de mis profesores: de leyendas, compuestos, inventados. El increíble cariño con el que recuerdo a tantos de ellos. 
Una torre de tazos descoloridos, algunos con los bordes que simulan el filo de los dientes de leche de un niño. Otros tan nuevos que todavía están percudidos de amarillo número 5. Su olor a plástico, a piso de patio.
Un koala de metras: las transparentes con hélices de colores en su barriga, las "caraqueñas" o aquellas blanquitas y brillantes, de alta denominación (Me pregunto si en Caracas también las llamaban así o si eso ocurría sólo en el interior). La pepona con sus mini cráteres.
Un álbum de "Amor es…" que huele a Pega Ega, con su nudismo descarado y sus barajitas en segunda dimensión, lleno de mensajes indescifrables para ese momento tan jojoto de la vida.
Adiestrarme en yaquis y palitos chinos con la mejor entrenadora del mundo: mi mamá. Practicar los enredos de la liga con mi hermana y una silla.
Trebejar con pabilo en mis manos hasta alardear de figuras geométricas semi-coherentes.
Cantar Tears in Heaven y Father and Son en clases de inglés, tan inspirada como si realmente las entendiera. 
Escuadras partidas, compases dañados, bicolores perdidos, borrador de tutti-frutti, los lápices prestados y nunca devueltos.
La incesante carrera por mutar el color de la camisa, sin siquiera imaginarme cuán en vano era mi prisa.  
Jugar a hacer amigos, y entender muchos años después que, en realidad, fue de las cosas más serias que hice...¿Cómo saber que perdurarían más que el caletre de las valencias de la tabla periódica? 
Una carta de amor aplastada en el fondo de la mochila.
Castellano. Inglés. Francés. Música. Historia. Mis favoritas de todos los tiempos. 
Recortes de la Revista Tú, envoltorios de Snickers y y Hershey's forrando la mitología griega o el planificador. 
Un beso insípido robado en un pasillo vacío. 

Voy apenas en el kilómetro cuatro, y la brisa del Pacífico ya estrelló contra mi cara, derramó sobre mi cuerpo sudado, imprimió sobre mi alma todas esas sensaciones en forma de vívidos recuerdos.

Sobre el agua, atravieso corriendo la Zona de Bruma -sonriendo como cuando sonaba el timbre del recreo- en mi primera carrera por la Cinta Costera III.


lunes, 17 de febrero de 2014

El día número cien

Magalis hoy no tiene ganas de salir de su casa. Sentada desde la mesa de la cocina, ancla su mirada en alguna parte del otro lado de la ventana, como si inmovilizando sus nebulosos globos oculares prolongara el sueño, siguiera dormida. Casi sin parpadear sopla su café negro y humeante, servido en un vaso corto de Cheez Whiz de Kraft, aun con rastros blancos y pegajosos de la etiqueta arrancada. Con una mano de dedos curvados lo sostiene, con la otra amontona migas de pan duro y panelitas de San Joaquín, dispersas en el mantel de plástico desde hace cien desayunos. Esa madrugada oscura y silenciosa no hay pan ni panelitas tampoco.

Da un traguito corto al café, de lo contrario corre el riesgo de espabilarse. Con su doble chasquido de lengua, automático e imperceptible, lo saborea: quemado, aguado, amargo. Si tuviera azúcar quizás pudiera disfrazar el sabor del agua de chorro hervida o el de la borra reusada. ¡Quién sabe cuándo conseguirá café otra vez! Se ha acostumbrado a vivir sin azúcar, pero el café está en otro nivel de su pirámide de necesidades.

Desde hace más de veinte años Magalis participa con sus vecinas en un “bolso”. Todos los meses cada una aporta cierta cantidad de dinero y cada mes el “bolso” –que no es más que la suma de los aportes- le toca a una participante distinta. A falta de una inalcanzable, inimaginable tarjeta de crédito, esta es su opción de liquidez.

El último año ninguna pudo comprometerse a jugar al bolso, pero crearon una variación llamada “La Canasta” donde en vez de dinero, cada quien aporta algún bien de aquellos que no se consiguen: aceite, harina, azúcar, café, leche, margarina, pan, pollo… ¡hasta papel toilette! Hace varios meses fue el turno de Magalis de recibirla, pero con incomodidad se había dado cuenta de dos cosas que no le convenían: nadie realmente aporta los productos más preciados (como el azúcar, la Harina Pan o la leche condensada) y, al final, termina devolviendo gran parte de lo recibido, pues cada vez es más difícil conseguir en el mercado aquellos bienes exiguos.

En su cabeza, Magalis planifica lo que aportará los dos meses restantes (un paquete de arroz y unas galletas María) y ensaya mentalmente lo que le dirá a Josefina, su vecina de al lado, cuando le informe que no entrará en la próxima canasta. En eso piensa mirando fijamente a través de la ventana cuando un estruendoso gorgoteo  la saca de su sopor: llegó el agua, ya son las 5:00 am, hora de bañarse y llenar los tobos para la noche.

***
(Voy a reír, voy a gozar, vivir mi vida la, la, la, lá…)

Sandro se levantó esa mañana con la alarma de su celular entonando “Vivir la Vida” de Marc Anthony y, sin interrumpir el enérgico son que el Smartphone Nokia chillaba, se tumbó sin franela de espalda en el piso; con los ojos cerrados empezó su rutina de abdominales sit ups como por inercia. Ochenta, noventa, cien. Se dio la vuelta y ahora al son de un vallenato empezó a hacer lagartijas resueltamente, ya obligado a abrir los ojos.

Con la toalla al hombro y los ojos clavados en la pantalla incandescente de su teléfono celular, salió de su habitación gritando un automático “dición abuela” sin siquiera verla alrededor, pero el olor que inundaba la casa -a café negro y budare- hacía eco de su presencia.

Dios te bendiga, mijo escuchó mientras se metía en el baño.  

Sentado en la poceta antes de ducharse, revisaba los mensajes recibidos mientras dormía. Sandro se acostaba cada noche a las 9:00 pm a más tardar, pues su día -cargado de múltiples actividades- empezaba, como hoy, desde muy temprano.

No era raro tener un montón de mensajes acumulados en la mañana pues era miembro de varios grupos en Whatsapp: amigos del béisbol, dos grupos de estudios, compañeros de trabajo, los vecinos de la cuadra, amigos de la escuela y -el más prolífero de todos- los activistas políticos de la universidad. El Comando.  

Escuchó un suave golpeteo en la puerta. Tum-tum-tum.
Sandro, mi vida, apúrate que hay que recoger agua.
Sí, abuela, ya voy.

Era el único baño de la casa, así que lo debía compartir; a horas pico no era considerado extenderse más de lo necesario. Sin terminar de leer los mensajes, volvió a poner música del celular para ambientar su ducha breve. La ventana de la regadera daba hacia el patio trasero, desde donde Magalis lo escuchaba cantar. Los ritmos que a su nieto le gustaban no eran los que ella prefería, aún así, le alegraba la mañana oírlo y por eso reservaba justo ese momento para recoger la ropa de la cuerda, seca desde el día anterior.

Mientras él se vestía, su abuela utilizaba el baño y recogía agua para almacenar. Sólo tenían agua un par de horas al día: a las 5:00 am y a las 12 m, por lo tanto, era el único chance de proveerse para la noche o por si el corte se prolongaba. Habían pasado más de quince días en sequía, así que nunca les parecía exagerado recoger cada mañana, sin importar el espacio de almacenaje limitado que se podían permitir en su casita. Era normal ver botellones plásticos, galones de pintura, barriles oscuros y otros contenedores atravesados por doquier: el tope de la cocina, bordeando el baño, cercando los cuartos, en el medio de la sala, llevando sol en el patio. Para ellos estos objetos retenedores de líquido amarillento en varias tonalidades se mimetizaba con sus escasos y desgastados muebles, hacían parte de la decoración. Para cualquier persona hubiese resultado un detalle más que extraño. Pero la verdad es que nadie que no viviera bajo las mismas condiciones los había visitado nunca. Sólo una vez, hace ya varios años.

Después de vestirse, Sandro se sentó en la mesa de la cocina. Magalis se había marchado, dejándole, como de costumbre, una taza de café marrón oscuro (había que rendir la leche) tapada con un platico para mantenerlo caliente. Sobre un plato hondo y floreado, justo en el cuenco, encajaba perfecto una arepa de relleno sorpresa: lo que hubiera ese día. La favorita de Sandro era con mantequilla, queso blanco rallado y mortadela. O la de pernil que casi nunca comía. Ya ninguno de los rellenos –y ni siquiera la Harina de Maíz- se conseguían en los mercados o abastos, pero Magalis siempre se las ingeniaba para que nunca le faltara su arepa en la mañana. Sandro tenía la idea de que ella hacía una especie de trueque con las vecinas, pero no estaba seguro de cómo funcionaba eso. Lo que sí era cierto es que, desde que un joven la había golpeado dentro del Mercal del barrio para quitarle un pote de margarina, ella no había regresado a comprar allá. Por eso ya casi nunca comían carne, pollo o huevos.

-     El desayuno es la comida más importante del día, Sandro. Salga siempre bien desayunado, que uno nunca sabe…Magalis le solía repetir. 

      Pero Sandro nunca indagó a qué se refería con aquél abierto “uno nunca sabe”. ¿Uno nunca sabe qué? pensaba: ¿Si a uno se le va a pasar la hora de almuerzo? ¿Si a uno le va a dar un beriberi por perderse la comida más importante del día? En fin…

Mientras mordía su arepa y se dejaba sorprender por el relleno, leía los últimos mensajes del comando:
- Edwin: Mañana concentración a las 9.00 am en Plaza Venezuela
- Victor P: Actívense y arrastren gente, mi pana.
- Marianela: Recojan sus banderas por el comando.
Era arepa rellena con caraotas negras, la que menos le gustaba. Se comió la mitad y la otra la escondió en la nevera, a Magalis no le gustaba que dejara la comida y aún menos el desayuno. Se la comería en la noche de cena. Fregó su taza y limpió la mesa llena de migajas de pan. Sandro nunca notó que Magalis desayunaba esa hogaza seca –lo único que se conseguía en la panadería de la avenida- desde que se agudizó la escasez, para dejarle a él el privilegio de la arepa.

Se apresuró en recoger sus cosas y salir pues se le había hecho tarde. Cuando ya iba por la esquina, se acordó de algo: había dejado su gorra. Corrió hasta su casa, se metió bajo la cama y sacó la cachucha tricolor. La sacudió y la guardó dentro del morral hacia el fondo. Salió de nuevo apurado y, mientras pasaba llave a la puerta de latón azul, se sintió un poco culpable de no haberse sentado un minuto antes de volver a salir, tal y como su abuela lo obligaba a hacer cada vez que se devolvía a casa por haber olvidado algo. No sabía la razón de esa superstición, pero igual creyó que todo iba a estar bien, total... Magalis no estaba mirando.

***
Joel, a sus 26 años, había entrado y salido de la cárcel varias veces por crímenes menores. La última vez, sin embargo, fue detenido por ser parte de una banda de drogas asociada con otros crímenes de toda calaña. Dicen que alguien muy capo le pagó un favor liberándolo del rollo; esa vez tenía toda la intención de portarse bien y mantenerse alejado de la jaula. Consiguió un trabajo de obrero que le daba para mantenerse ebrio de quincena a quincena.

En casa de su madre y en el cuarto de soltero que nunca dejó, Joel se metió a vivir con Yajaira, una jovencita de 14 años que prácticamente raptó. No tardó, por supuesto, en dejarla embarazada y - entre algunas golpizas propinadas por su marido borracho, la mala alimentación y los fallidos intentos de abortar a un hijo que despreciaba- fue prácticamente un milagro que Yajaira diera a luz una criatura sana.

A los doce días del alumbramiento, Joel fue encontrado encunetado: muerto en una cuneta con doce tiros. Todos en la cabeza. Antes de haber presentado al niño e incluso antes de enterrar a su marido, Yajaira desapareció para siempre. La gente del barrio chismeaba que un fulano malandro -novio de antes de la Yajaira- había cobrado venganza matando a Joel y se la había llevado luego. Magalis sabía que ella se había marchado porque quería, cómo se explica sino que no hubiera dejado una nota, un calzón o el cepillo de dientes. Lo único que dejó fue al hijo recién nacido.

Seguía de luto por la muerte de su único hijo cuando fue a presentar a su nieto a la notaría. Lo llamó Sandro por el cantante, Ortiz por su propio apellido. Era la quinta generación consecutiva que llevaba ese apellido viudo.

***
Sandro llegó al comando justo a tiempo para recibir las últimas instrucciones: es una marcha pacífica, buscamos la salida política, dispersión ordenada al llegar al punto final. Le quedó claro el objetivo, la demanda de liberación de los estudiantes presos, hacer valer su voz ese día de la juventud contra un régimen opresor.

Rodeado de gente que compartía su ideología política, Sandro se sentía plenamente identificado y lleno de fuerza. Ser estudiante en ese momento era pertenecer a un grupo privilegiado que representaba la lucha contra un magnánimo poder.

En el barrio no podía mostrarse abiertamente opositor, ni él ni ninguno de los muchos que lo eran.  Sin embargo, en varias marchas y reuniones del comando, había visto a algunos vecinos; optaban por ignorarse, no saludarse, siquiera cruzar miradas para no sentirse –ni hacer sentir al otro- delatado. Pranes, delincuentes, colectivos, tupamaros y otras escorias los tenían sometidos. Ir en su contra le costaría la muerte.

Su abuela no hablaba de política, no tenía una personalidad fanática, pero Sandro recordaba cuando sobre el gavetero de la sala, junto a Jesús, la Virgen y todos los Santos había un afiche impreso en cartulina brillante del Comandante Hugo Rafael Chávez Frías. Era la foto de la juramentación en 1999, cuando aún ocultaba la mirada vil de todas sus intenciones; cuando aún era flaco. No supo exactamente cuándo desapareció esa foto del altar o cuándo ella empezó a evitar el rojo; sólo recordaba que se dio cuenta un abril y no hubo necesidad de hablarlo.

Aun así, su abuela solía ir de compras a Mercal -hasta que tuvo el altercado de la margarina- y los médicos cubanos la atendían regularmente por sus problemas de la tensión. Hace unos años atrás el mismo Sandro le había sugerido a Magalis que fuera a Misión Milagros para operarse esas cataratas que cada vez le empañaban más los ojos.

No mijo, no me voy a morir por pendeja. Prefiero estar ciega y viva fue su contundente respuesta.

Sandro, por su parte, nunca se había deslumbrado por las políticas o figuras del único gobierno que recordaba. Privilegiado desde niño, la familia para la que trabajaba su abuela le pagaba un colegio privado, el mejor de los cercanos a su casa. Atesoraba en sus más preciados recuerdos aquél día en que Don Augusto lo visitó para regalarle una computadora 486 y una impresora Epson Stylus 300 en reconocimiento a sus honores cuando pasó a primer año de bachillerato.

Esta Computadora no es un regalo, esta computadora te la ganaste. Siempre que te esfuerces y trabajes duro, tendrás lo que quieras y necesites. Siempre que hagas el  bien con su dedo índice regordete señaló al cielo Él también te premiará.

Eso le había dicho ese día Don Augusto mientras con fuerza le apretaba su hombro huesudo. Su visita fue breve: sólo cruzó el umbral, se aseguró de que Ortega –su chófer y mandadero- le instalara la PC a Sandro en la única superficie que encontró disponible (el gavetero que también servía de altar) y se marchó. Sandro sentía una mezcla de orgullo y vergüenza ante la presencia de Don Augusto y su visita se le hizo eterna; hubiese querido que la casa fuera más grande, que tuviesen televisor, que su ropa fuera nueva o, incluso, que todo estuviera más limpio. Agradeció que no viera su cuarto desordenado ni pidiera usar el baño, que en ese momento no tenía cortinas. Al día siguiente, Ortega le llevó a Sandro un desgastado escritorio color crema rescatado del depósito de la empresa, que le serviría para estudiar y apoyar su PC.

Sandro admiraba mucho a Don Augusto y le estaba profundamente agradecido. También había sido él quien le había dado su primer trabajo como supervisor de línea el cual aún conservaba. Ese sueldo le permitía correr con sus gastos personales además de tener tiempo para ir a la universidad. Aquel hombre era su inspiración y esperaba algún día poder retribuirle toda su ayuda. Las filosofías de Don Augusto nada tenían que ver con el chavismo. Él, por su parte, tampoco quería tener algo que ver con eso.

Era hora de salir al punto de concentración. Con su gorra tricolor y su camisa de la Vinotinto, Sandro se enfiló a la marcha. Enfundado en su disfraz de héroe urbano -con la bandera de capa, una consigna de escudo y su pancarta de espada- sólo sentía entusiasmo; el miedo jamás pasó por su corazón.

***
Magalis va en el asiento trasero del carro con la mirada perdida en la calle que atraviesan en un vaivén de aceleradas y frenazos. Escucha al conductor hablar por celular y la copiloto a su vez conversa por su celular también. Cada vez suben más el tono, como en las guerras de minitecas del barrio. No escucha realmente lo qué dicen, sólo desea que bajen la voz que, de a ratos, la saca de su modorra.

El aire acondicionado le pega directo en la cara y, al mismo tiempo,  unos cálidos rayos de sol traspasan el vidrio y le acarician el rostro. Se deja llevar por ese choque embriagante de frío y calor, acercando su frente a la ventanilla sin darse cuenta. Con la cabeza apoyada en el vidrio, lentamente se le van cerrando los ojos, sucumbiendo ante el peso de sus finos párpados. Su respiración se vuelve muy lenta. Magalis se hunde en un profundo sueño, se desconecta.

Desde el patio escucha cantar a Sandro, es una canción que le encanta, ¿Penumbras, tal vez? Recoge la ropa de la cuerda, siente el olor a jabón azul mezclado con el de sus camelias fieles, esas que nunca mueren. Deja de escuchar su voz.

Camina hacia el baño y lo vuelve a oír cantar, ahora desde su habitación. Su voz se hace cada vez más tenue, más dulce. Entra a la regadera a bañarse y a llenar los tobos para la noche, pero el agua ya no sale amarillenta o pardusca, el agua es roja. Viscosa. Tibia. Se da cuenta que no escucha la voz de Sandro y, al mismo tiempo, entiende que lo que recoge no es agua. 

Llegamos, Señora Magalis escucha justo cuando despierta de un brinco. Está desubicada, débil, sudorosa. Tiene taquicardia y la boca seca. Una mano grande y fría la toma firmemente por el hombro.
¿Se siente bien?
Sí. No…empieza a decir confusa, pero rompe enseguida en llanto.

El chofer, alto y vestido de traje oscuro, se agacha junto a la puerta del carro. Le toma una mano y le dice que estará bien. Hace una llamada por teléfono y pide ayuda de inmediato. No tarda en llegar una ambulancia y pronto la empiezan a atender.

Buenas tardes, señora. ¿Cómo se siente?
Yo sufro de la presión…
¿Sufre de la tensión? Qué siente ahora mismo.
Como débil…balbucea. Trata de identificar con la mirada dónde está.
Señora, ¿Me dice su nombre?
Magalis
Su nombre completo
Magalis Ortiz
¿Edad?
Duda por un momento.
¿Cuántos años tiene, Señora Magalis?
Sesenta y cuatro…dice con los ojos cerrados, haciendo un esfuerzo por calmarse.

La radio del carro sigue encendida, escucha la voz de quien habla. Un tono que le molesta, la insulta, la irrita.

¿Su fecha de nacimiento, Señora Magalis? –le pregunta el paramédico mientras le toma la tensión.
10 de octubre de 1949.
¿Sabe qué hace aquí?

Magalis levanta la vista y ve a la mujer atractiva y muy delgada que iba de copiloto, lleva exceso de maquillaje para ser de día y sigue hablando por teléfono a unos metros del carro. Hasta ahí le llega su perfume dulzón.

Esa muchacha que está allá me va a entrevistar.
¿Sabe qué día es hoy, Señora Magalis? –inquiere mientras le ausculta el pecho.
Sí.

La voz que reconoce en la radio, con ese famoso tono mal imitado, prosigue con su torpe y lento flujo de palabras: “No vamos a permitir que una minoría fascista atente contra el sueño de nuestro gigante. ¡Esta patria es nuestra y jamás volverá a sus manos sucias, corruptas! Hoy, a los cien días de aquél 12 de febrero sangriento en que intentaron manchar los planes de paz de la revolución…”

¿Señora Magalis, qué día es hoy?
Hoy es el día número cien…en vano.
***
No fue hasta casi un mes después que Magalis encontró la mitad de arepa con caraotas que había al fondo de la nevera y lloró pensando en que su muchacho ese día, ni bien desayunado estaba. 


P.S: Este relato va dedicado a los valientes estudiantes venezolanos; también -y especialmente- a las madres de todos ellos: los caídos y los que siguen en la lucha. ¡FUERZA!

viernes, 22 de noviembre de 2013

En Cuarentena


Nació con un escudo protector de alcance y poder ilimitado para repeler la mala vibra e iluminar estancias; era imposible no querer estar cerca. A todo aquél que conocía lo ponía automáticamente en cuarentena: aislaba sus vidas de la niebla turbia, de la mala racha, lo agrio y lo injusto; la sensación que normalmente describían era la "paz”. Este halo repelente de lo gris y lo oscuro se renovaba tras cada contacto con ella y, la cuenta de esos cuarenta días de dicha, volvía a cero. Tenerla cerca se hacía adictivo. Algunos, deslumbrados por su aura de infinita blancura, decidieron quedarse a su alrededor y así extender ese efecto cautivante para el resto de sus días.

Con el pasar del tiempo, sus seres más allegados se dieron cuenta de que la luz que ella emanaba -alumbrándolos cual focos de estadio- empezaba a nacer dentro de ellos mismos, tal como germina una pequeña planta de granos cultivada en un envase de compota. Entendieron que para quedarse a su lado ya no bastaba con recibir sus destellos…hacía falta aprender a irradiar.

Hoy, ese ser de luz que pone en cuarentena a todo aquél con quien se topa, cumple cuarenta años. Mi deseo para ella es que todos los suyos se cumplan…y que el universo le retribuya todo el amor que ha sembrado.

domingo, 10 de noviembre de 2013

#PeroTenemosReina



Mi Confusión
Nuestra Miss Venezuela ha ganado la séptima corona del magno evento de la belleza: el Miss Universo;  un premio que sin duda nos ratifica como el país que más mujeres bellas envía al certamen de Mr., Trump. Queda así comprobado para los venezolanos que la fórmula de producción estética de Osmel Sousa es, sin duda, más efectiva que la del resto de los países del mundo; de hecho, la más exitosa: es capaz de hacer las más hermosas creaciones a partir de materia prima de calidad. Sin embargo, él no hace a las mises from scratch: ellas son niñas lindas a las que él ha pulido. Su ojo se posa en diamantes en bruto, reconoce su potencial, las pone a pasar hambre, a veces las humilla y las convierte en reinas. Es tan buen líder que, aun así, todas parecen amarlo. ¡Y si cumple sus sueños, pues con razón! 

El mundo entero reconoce su indudable mérito. El mismísimo Donald Trump le dijo “Eres un genio” según publicó en su cuenta de Twitter. La chispa criolla no tardó en sacar los típicos chistes que nos caracterizan: ¡Osmel Presidente! ¡Osmel, por favor, entrena a la Vinotinto! ¡Osmel, rescata nuestra economía!  entre otros. Osmel es sin duda un gran empresario, yo diría que un experto y eminencia en su campo. Ojalá maduro tuviera aunque sea un destello momentáneo de su visión. Pero recuerden: en sus habilidades no está el “build from scratch” o “crear desde cero”, característica fundamental para quien quiera rescatar algo de nuestra maltrecha Venezuela.

En lo personal me cuesta alabar a un personaje que –indistintamente de su capacidad y excelente desempeño- muestre abiertamente una superficialidad que choca con mis valores. Por ejemplo, declarar que “La belleza interior es algo que inventaron las feas (o no bonitas) para justificarse” es una afirmación cruda con la que no comulgo. Para mí, esto sólo lo deja en evidencia de que pareciera no tener ninguna de las dos: interna o externa. Ojo: no juzgo la “superficialidad”; la mayoría de nosotros puede llegar a ser superficial en algunos aspectos de nuestra vida. Rechazo la extrema superficialidad cuando es además consistente en todos los planos. A mi criterio, endiosar a este tipo de gente, es un daño social. 

Ahora bien, al mismo tiempo que en Moscú nuestra bella Molly era coronada, en ciudad gótica –léase Venezuela- ocurrían un sinfín de acontecimientos terroríficos. El presidente básicamente dio carta blanca al pueblo para saquear tiendas de electrodomésticos en las que sus dueños vendían a sobre-precio; como yo lo entiendo esto fue una probable y conveniente tergiversación mezclada con un subjetivo pregón de crimen se paga con crimen. El populacho empezó haciendo filas kilométricas, con el pasar de las horas la multitud enardecida se alzó y todo terminó en un vulgar saqueo. Horas más tarde el inventario completo de los extorsionadores era revendido por una cuerda de ladrones a los mismos precios –o más altos- de los que marcaban en anaquel. Guardia nacional y gente de a pie se vio involucrado en este ultraje.

Saqueo de Daka en Valencia - Venezuela

Mi timeline de Twitter estaba plagado de mensajes intercalados del saqueo y de “orgullo nacional” por la coronación de una reina. Era, sin duda, una realidad contrastante y difícil de entender para una venezolana indignada viviendo en Panamá. Hasta hoy se extiende mi confusión.

De lo que hay que enorgullecerse…
Pongamos en perspectiva el triunfo del que hablamos: Es una alegría innegable alardear de la hermosura de la mujer venezolana, de arrasar por séptima vez en el Miss Universo. De corazón, me contento por la reina, su familia, sus amigos; es el típico sentir de una victoria nacional.

No puedo decir que sea orgullo.

Y no sólo porque no crea que sea un mérito nacional ganar un certamen de belleza -en tal caso el mérito es de la reina que fue quien pasó hambre, se echó bisturí, entrenó como Rocky, entre otros sacrificios- sino también por el contexto actual. Sobretodo, por el contexto.

El sentimiento nacional lo leo así: mientras,
  • El gobierno fomenta el pillaje del pueblo,
  • El riesgo del país aumenta y la inversión decrece,
  • El Presidente del país no tiene coherencia, sentido común, instrucción académica ni dolor patrio,
  • El chanchullo crece en todos los ámbitos,
  • Los valores escasean tanto como la comida, los medicamentos, los pasajes…
  • Un pueblo sin harina pan ni electricidad, saquea tosti-arepas,
…algunos se llenan la boca diciendo: “Séptima corona, ¡orgullo nacional!”

¿En qué nos salva haber ganado el Miss Universo de este cataclismo económico, ético y moral? No es más que un pañito caliente al ego machucado de nuestra identidad. Pero ¿en verdad es motivo de orgullo? No creo que la madre de un hijo adicto y en crisis se sienta orgullosa de que “por lo menos mi hijo es bello”

Quisiera yo saber si las superpotencias mundiales están enfocando sus recursos y talentos en la producción de mises en vez de en el crecimiento económico, el avance tecnológico o la educación #SíLuis. Yo me pregunto si las naciones de progreso se interesan en la transmisión del Miss Universo y no de cómo crece el PIB. #ComoNié. 

Qué sabroso sería decir en medio de un progreso avasallante “Y de paso ¡ganamos el Miss Universo!” La cereza del pastel. Qué triste que en medio de una INFINIDAD de catastróficas realidades políticas, económicas y sociales que magullan cada día al país entero,  uno aun oye decir un encriptado #PeroTenemosReina 

P.S 1: Por favor, no quiero saber de aquellos que opinan: Esto es lo que hay.
P.S 2: Esta reflexión es sólo eso: una reflexión; no es una crítica para la reina ni sus allegados.

viernes, 8 de noviembre de 2013

¿Tantas tetas como ganas de vivir? ¿O tanto hueso como ganas de morir?


Es difícil explicar la primera impresión que tuve al leer el reciente artículo del New York Times: Mannequins Give Shape to aVenezuelan Fantasy. Como lectora esporádica de este periódico estoy acostumbrada a leer críticas profundas, sustanciales y –la verdad sea dicha- muchas veces de realidades ajenas un tanto incomprensibles. ¡Sorpresa! veo el nombre de mi país fuera de un contexto 100% político…esta vez se hablaba de tetas.

William Neuman y un equipo de reporteros, levantaron cierta información mediante observación y entrevistas para retratar una realidad social: la transformación estética de la mujer venezolana como norma. Tratan de explicar sus causas e influencias, de entender nuestros argumentos culturales casi en búsqueda de un por qué.

Pasando por el asombro, brinqué luego al pánico y al cuestionamiento: ¿De verdad esto y Chávez es la imagen que tenemos en el exterior? Todo se transformó en vergüenza cuando citan a Osmel Sousa, tan orgulloso de su banalidad, con su poco self-awareness, coronando –como bien sabe hacer- lo más superficial.

No sé si a Uds., les pasa, pero la parte más interesante de leer estos artículos polémicos son los comentarios de la gente. Es mi guilty pleasure y puedo pasar horas haciéndolo. Fue aquí cuando caí en tristeza:  Nos apuntaban como el perfecto caso de cómo los médicos se aprovechaban de la ignorancia generalizada de un pueblo.

Ignorancia, ignorancia, ignorancia. Probablemente fue eso lo que más dolió; no sólo porque el tema de las tetas y los maniquíes lo refleje, sino porque sé y estoy consciente que hay muchas cosas más que lo demuestran.

Sí, es verdad. Esto no es más que otro ángulo de la erosión social de los tantos por los que nos señalan. También es cierto que, últimamente, sólo somos conocidos y reconocidos por problemática y no por méritos. Pero los invito a ponerlo en perspectiva…

Algunos días antes leí este artículo en The Guardian que me dejó loca. Hablaba de una tendencia loca que mi esposo me había mencionado recientemente pero que no lo tomé nada en serio: Thigh Gap. Esto quiere decir algo así como: “distancia entre los muslos”. En la industria del modelaje solía ser un indicador de la delgadez de las modelos, ese aire que quedaba entre las piernas cuando mantienen los pies juntos sin sobrepasar el ancho de las caderas. Hoy en día, esto es un indicador entre las mujeres del mundo de cuán flacas –léase: cool, bonita, perfecta- eres. Estos estándares de belleza indican que, mientras más flaca eres, más cerca estás de la “perfección”.

La mayoría de las mujeres -en especial adolescentes- que persiguen esta meta no están conscientes de que el Thigh Gap es una condición genética que no todas pueden lograr.

Ahora bien, lo que más me traumatizó fue buscar el hashtag en Instagram (#thighgap). Créanme que lo que van a encontrar es espantoso: niñas traumadas, suicidas, deprimidas y miserables que pasan hambre en búsqueda de un ideal de belleza inalcanzable. Para ellas, nunca estarán lo suficientemente delgadas para llegar a la “talla idónea”. La cantidad de problemas sicológicos, espirituales y de salud en general que esta “moda” ocasiona pueden acabar en una muerte inducida.

No se pierdan el nombre de la cuenta y los hashtags, por favor. 

Aquí es cuando yo me pregunto: ¿Somos sólo las venezolanas las del problema?

Esta es mi conclusión: 

Las venezolanas buscamos tener tantas tetas... como ganas de vivir. Y a punta de bisturí lo logramos, somos –me incluyo- felices. De alguna manera. El sueño se mide y se alcanza en cc de silicón.

El resto de las mujeres del mundo buscan tener tanto hueso…como ganas de morir. Lo más triste es que, de hecho, todas mueren en el intento, pues no importa cuántos centímetros tenga el gap...el sueño siempre será inalcanzable. 

¿A quién juzgamos entonces?  

P.S: Mi conclusión no busca defender ni justificar ninguna de las "tendencias", sólo las pongo bajo mi perspectiva.

domingo, 27 de octubre de 2013

¿Te convertimos o ya eras así?

Se siente lejano el día en que llegué al istmo cargada de miedo y de ganas; con el corazón roto y un pañuelito húmedo de llanto. Extrañando prematuramente al Ávila, a mi familia, a mis amigos.  Con un inventario de seis maletas de ropa, diecinueve cajas de libros y una que otra cosa más; incontables ciclos sin cerrar y, sobretodo, un dolor de patria inmenso.

El hecho de emigrar me puso el nacionalismo a flor de piel: el orgullo de ser venezolana se volvió absurdo. Pareciera que todo lo malo se borra y que sólo lo bueno importara; lo bueno desde lejos se convierte en mejor. Empecé a extrañar cosas que nunca disfrute, a comparar todo contra todo.

Probablemente sea crucificada por muchos compatriotas por confesar que hoy –tres años y medio después- ese orgullo fue sustituido por vergüenza. El tiempo, la revolución y la sociedad venezolana hicieron su tarea sembrando esta gran decepción.

Lo peor es que no vivir allá no te libra de sus desgracias...ni hace que te deje de doler. Además de verme afectada directamente porque toda mi familia y muchos amigos siguen en el país, está el curioso hecho de que uno jamás se logra desconectar. El vicio de seguir las noticias es atroz; muchas veces me entero primero de lo que pasa que los mismos locales. 

También te ves afectado de muchas otras maneras. Por ejemplo: mi hermano se casaba por civil en enero, una semana antes de su boda eclesiástica; recientemente decidió adelantar la fecha de su matrimonio –nada que ver con un embarazo accidental- sino como medida preventiva: las elecciones son en diciembre, puede haber problemas por esas fechas y…¿quién sabe? mejor evitar. Pues ahora no podré asistir al matrimonio civil de mi hermano…¡por la escasez! No hay pasajes para ir a Venezuela hasta marzo y, los que hay, salen al mismo precio que ir para Asia o Australia. Toda esta cadena caótica tiene origen en lo mismo: la ineptitud del gobierno.

Pero no importa, tenemos patria.

De verdad, es muy difícil para mí concebir una vida sin seguridad; sin alimentos y bienes básicos, sin servicios públicos. Un estilo de vida donde escasea absolutamente todo, incluyendo los valores. ¿Cómo todavía se auto-engañan diciendo: “es que el venezolano es bueno” si nos matamos entre nosotros mismos por un reloj o unos zapatos? Me disculpan, pero eso no es indicativo de que haya mucha gente buena, sin ánimos de generalizar. ¿Cómo nos acostumbramos tan rápido y sin protestar a tan paupérrima calidad de vida? Es totalmente anormal y sin sentido que te roben el pelo, que no puedas hablar por celular en la calle, que se multipliquen los penes y el número de muertes a manos del hampa cada fin de semana.

Venezuela es una broma pesada, es el reino de “reír para no llorar”, el teatro del absurdo. 

Yo quiero sentirme orgullosa de nuestros méritos, no de las necedades a las que una sociedad erosionada se aferra. ¿De qué sirven sus paisajes increíbles? La verdad es que no tuvimos nada que ver con esa bendición natural. ¿De qué te sirve tener un montón de mises bellas, tontas y chavistas? Ellas no están aportando progreso. ¿De qué sirve la estupidez de “es que el venezolano es vivo”? Si esa vivarachería es la madre de todos los vicios, de la inseguridad y los anti-valores que corroen cada hogar, porque no somos capaces de aplicarla para bien. Aquello que tenemos para enorgullecernos es desestimado por una sociedad venida a menos.

En serio, no es mérito ser el país con mayor consumo per cápita de whisky y silicón; tampoco que Caracas esté entre las ciudades más peligrosas del mundo. 

Yo quiero sentirme orgullosa de tener empresarios exitosos, innovación tecnológica, una sociedad civilizada y educada; de ser representados ante el mundo por un gobierno respetable, por parir escritores prominentes…por ser los mejores en algo. La Orquesta Simón Bolívar y su director no puede ser lo único que tengamos para ofrecer.

Según yo, renegar de la patria es renegar de uno mismo, y aun a sabiendas, no puedo evitar este sentimiento de desconexión entre mis valores y los que pregona casi un país entero. Duele mucho no sentirse identificado con las propias raíces y esa misma punzada hace que me pregunte: Venezuela ¿en esto te convertimos o siempre has sido así?

La respuesta duele aún más. 

martes, 15 de octubre de 2013

Humanos Derechos

En la mayoría de las culturas del mundo dicen que tenemos que creer en algo, normalmente uno o varios Dioses, que no sólo son responsables de todo aquello que “humanamente” no podemos controlar –pasado, presente o futuro- sino también de las reglas de vida que rigen a sus fieles.

Los Diez Mandamientos de la Ley de Dios.
Los Cinco Pilares del Islam.
Las Cuatro Nobles Verdades y el Óctuple Sendero de Buda.
Los seiscientos trece Mitzvot .
Etcétera.

Quizás a estas rigurosas leyes de castigo y recompensa le debamos que el total caos no reine en el mundo; probablemente sean ellas el freno del mal que las normas jurídicas no alcanzan a retener. La buena noticia para los agnósticos, ateos, scientologists y otras almas libres, es que existen treinta máximas terrenales que todo ser humano tiene derecho a saber…pero sobre todo a disfrutar. Estas, más que mandamientos u obligaciones…son nuestros derechos que, al igual que los deberes, deben inspirar y guiar nuestras acciones; formar parte de nuestro código de valores.

Siempre escuchamos hablar de los famosos “Derechos Humanos”, especialmente cuando alguno de ellos es violado. Repetimos indignados como loros las noticias y nos quejamos: “¡Es una violación a los derechos humanos!”. Pero ¿Sabes cuáles son aquellos derechos que como ser viviente que eres tienes?

A ver, piensa en cinco de ellos.
[1]
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[5]
¿Cómo te fue? Ujum. Parece que igual que a mí.

A mí me sorprende darme cuenta de los interminables derechos -más allá de los puramente jurídicos- que almacenamos en nuestra cabeza: desde los minutos extra del plan del celular, pasando por los días exactos de vacaciones, lo que te toca en un “all-you-can-eat”, los difícil e incomprensibles cálculos de una liquidación y hasta el más mínimo descuento que te permita el carnet de la empresa para la que trabajas.
Reconozco públicamente que hasta hace días no supe listar con sentido y propiedad cuáles son los derechos más básicos e importantes que como persona permiten mi realización. Hoy me uno al Blog ActionDay para difundirlos a favor de la humanidad.

El objetivo de mi contribución no será más que crear awareness de que: 1) Son treinta artículos, 2) Mostrarlos en una sencilla lista que los haga reconocibles; no pretendo que los aprendan de memoria y 3) Que tú contribuyas compartiendo este Post a través de tus redes sociales.

El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) proclamó la "Declaración Universal de los Derechos Humanos", y estos son sus treinta artículos:
  1. Todos los seres humanos nacen libres en igualdad y derechos.
  2. Toda persona tiene los derechos y libertades de esta Declaración. Sin distinción de raza, sexo, religión, idioma o política.
  3. Todo individuo tiene derecho a la vida, la seguridad y la libertad personal.
  4. Nadie estará sometido a la esclavitud y la servidumbre.
  5. Nadie será sometido a tortura, trato cruel, inhumano o denigrante.
  6. Todo humano tiene derecho al reconocimiento de su personalidad jurídica.
  7. Todos son iguales ante la ley y tienen, sin distinción, derecho a igual protección de la ley.
  8. Toda persona tiene derecho a un recurso efectivo que le ampare contra actos que violen sus derechos.
  9. Nadie podrá ser arbitrariamente detenido, arrestado ni apresado.
  10. Toda persona tiene derecho a ser oída públicamente y con justicia por un tribunal independiente e imparcial para determinar sus derechos y obligaciones.
  11. Todo acusado de delito tiene derecho a que se presuma su inocencia, mientras no se pruebe su culpabilidad.
  12. Nadie será objeto de acciones arbitrarias en su familia, su vida privada, su persona, ataques a su honra o reputación.
  13. Todos tienen derecho a circular libremente y elegir su residencia en un Estado determinado.
  14. En caso de persecución tiene derecho a buscar asilo en cualquier país.
  15. Toda persona tiene derecho a una nacionalidad.
  16. Hombres y mujeres en edad núbil tiene derecho a casarse, formar una familia con igualdad de derechos y en caso de divorcio compartir responsabilidades con los hijos.
  17. Toda persona tiene derecho a la propiedad individual y colectiva.
  18. Toda persona tiene libertad de pensamiento, religión y conciencia.
  19. Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión.
  20. Toda persona tiene derecho a la libertad de reunión y asociación pacífica.
  21. Toda persona tiene derecho a participar en el gobierno de su país.
  22. Toda persona tiene derecho a la seguridad personal.
  23. Toda persona tiene derecho a un trabajo, a elegirlo y a percibir a trabajo igual, salario igual.
  24. Toda persona tiene derecho al descanso al disfrute de su tiempo libre y a vacaciones periódicas y pagadas.
  25. Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado, a la salud, y al bienestar, al vestido, vivienda, asistencia médica, servicios sociales, seguros de desempleo, invalidez, viudez, enfermedad, etc.
  26. Toda persona tiene derecho a la educación.
  27. Toda persona tiene derecho a tomar parte en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y del progreso científico.
  28. Toda persona tiene derecho a gozar del orden nacional e internacional para que sus derechos sean efectivos.
  29. Toda persona tiene deberes con su comunidad.
  30. Nada en esta Declaración podrá tener otra interpretación, ni suprimir cualquier libertad de la misma.

Me entristece muchísimo que al leer en detalle cada uno de ellos, identifico cuántos son violados a diario en mi país. Cuántos son inexistentes en tantas partes del mundo. Me aterra pensar que, para hacer valer los derechos humanos, hacen falta humanos derechos. Y sólo de ellos depende.

Sé hoy un colaborador y ayuda a su difusión. Sé un Humano Derecho y lucha porque este código se cumpla donde quiera que estés.